El Tiempo de Navidad en el catolicismo culmina oficialmente con la Fiesta Litúrgica del Bautismo del Señor que es cuando empieza el Tiempo Ordinario, primera parte, y el Tiempo de Cuaresma. El nacimiento del Niño Jesús, no es un hecho aislado y la promesa del Redentor con culmina allí, es cuando realmente empieza una nueva etapa del Camino a la Salvación que nos lleva a la vida eterna.
Al contemplar el Bautismo del Señor , un acontecimiento extraordinario que no fue solo una manifestación de la divinidad de Jesús, sino también el preámbulo de su entrega total, y se entiende los 40 días que dura el Tiempo de Cuaresma; la palabra "Cuaresma" proviene del latín "quadragesima" que significa "cuadragésimo", es decir, relativo al número cuarenta (40). Cuando Jesús salió del aguas del Río Jordán después de ser bautizado, los allí presentes presenciaron una Teofanía, porque el Espíritu Santo descendió sobre Jesús en forma de paloma y del cielo escucharon una voz que dijo "Tú eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección", al mismo tiempo esas personas lograron ver y sentir al mismo tiempo a la Santísima Trinidad, El Padre Dios, El Hijo Jesucristo Dios, y al Espíritu Santo Dios, tres personas distintas, un mismo y único Dios. Inmediatamente después de este momento de gloria celestial, el mismo Espíritu que descendió sobre Él lo condujo hacia la soledad y el silencio del desierto de Judea. Es allí donde el Mesías, abrazando nuestra propia fragilidad humana, decidió prepararse para su misión pública a través del ayuno y la oración intensa.
Evangelio según San Marcos 1:9-13
9 En aquellos días, Jesús llegó desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán.
10 Y al salir del agua, vio que los cielos se abrían y que el Espíritu Santo descendía sobre él como una paloma;
11 y una voz desde el cielo dijo: «Tú eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección».
12 En seguida el Espíritu lo llevó al desierto,
13 donde estuvo cuarenta días y fue tentado por Satanás. Vivía entre las fieras, y los ángeles lo servían.
Esta transición de las aguas vivas del Jordán a la aridez del desierto nos enseña que el camino del cristiano alterna momentos de luz con tiempos de purificación. Así como San Joaquín rogó en el desierto por la Madre de Dios y los profetas de antaño fueron probados en la soledad, Jesús se adentra en la batalla espiritual para vencer las tentaciones que asedian al hombre. Su estancia de cuarenta días se convierte en el modelo perfecto de nuestra Cuaresma: un tiempo de despojo, reflexión y victoria sobre el egoísmo, antes de lanzarse a predicar la Buena Nueva, el Reino de Dios está cerca y al alcance de todos.
Al culminar de pasar Jesús esos 40 días en el desierto es cuando públicamente inicia su ministerio anunciando el Reino de Dios. El número 40 se consigue en varios pasajes de la Biblia y además frecuentemente está relacionado con un tiempo de espera, purificación, y transformación, algo nuevo. También son varios los pasajes en donde se relacionan los 40 días con un tiempo de ayuno que nos prepara para ese encuentro con Dios, como pasó con Moisés en el monte Sinaí en cuando al terminar de pasar 40 días sin comer Dios le da los 10 mandamientos, las palabras de la alianza, o los 40 días que Elías quien luego de comer el alimento enviado por Dios tuvo al fuerza para caminar durante 40 días completo hasta llegar a Horeb; ambos lugares son considerados el mismo lugar geográfico y también se le conoce como el monte de Dios.
28 Moisés estuvo allí con el Señor cuarenta días y cuarenta noches, sin comer ni beber. Y escribió sobre las tablas las palabras de la alianza, es decir, los diez Mandamientos.
8 Elías se levantó, comió y bebió, y fortalecido por ese alimento caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta la montaña de Dios, el Horeb.
El desierto de Jesús no es un evento aislado, sino la plenitud de una tradición de cuarenta días que preparó el camino para la salvación. Mientras que Moisés ayunó en el Sinaí para recibir las tablas de la Ley escrita en piedra (Éxodo 34:28), y el profeta Elías caminó cuarenta días fortalecido por pan del cielo hasta el monte Horeb para escuchar la voz de Dios en el susurro del viento (1 Reyes 19:8), Jesús se adentra en el desierto como la Palabra Encarnada.
14 Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.
En Cristo, el ayuno ya no es solo una súplica o una espera, sino la victoria definitiva: Él es el nuevo Moisés que nos trae la Ley del Espíritu y el nuevo Elías que se convierte en nuestro verdadero Pan de Vida. Al salir de las aguas del Jordán y abrazar la aridez del desierto, Jesús une los ecos de los profetas con la realidad del Reino, demostrando que la fragilidad del hambre humana se vence con la fidelidad a la voluntad del Padre.
La Cuaresma nos invita a prepararnos para esa nuevo encuentro con Dios así como nos preparamos en el Adviento para revivir la encarnación del Hijo de Dios, con el nacimiento del Niño Jesús, la verdadera Navidad. En este caso siguiendo los pasos de un Jesús adulto, quien nos acompañará por todo el Camino Cuaresmal en donde se nos invita a pasar 40 días como el mismo Jesucristo lo hizo en el desierto y que este tiempo nos sirva de preparación mientras practicamos por lo menos en algunos días ayuno y abstinencia, que por norma nos la iglesia nos lo pide el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo, y nos aconseja procurar de abstenernos de comer carne todos los viernes dentro de este período. La intención es privarnos de algo que nos gusta por lo que es muy probable que estemos tentados a romper esa promesa, pero con la ayuda de Cristo seguro podremos evitar caer en las tentaciones, y ese sacrificio lo ofreceremos a Dios, serán como regalos de vuelta a Dios que le damos al Niño Jesús en el Pesebre.
"La Navidad termina en el Jordán para abrir paso a la Cuaresma. Los 40 días no son un desvío, sino la preparación del Mesías de Belén para vencer la tentación"
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